La vida, aquí y ahora

Septiembre llega y lo hace en calma. Esta vez no trae consigo el frío anhelado ni la lluvia de tantos años que anunciaba un tajante final de verano.
Llega acortando sus días para regalarnos preciosos atardeceres.


Y dónde antes había una tristeza por dejar atrás días de vacaciones y momentos, existe ahora un deseo por volver a retomar una rutina que se me paró en seco, sin previo aviso.
No somos conscientes de lo maravilloso que puede llegar a ser nuestro día a día, precisamente por estar formado de esa automática y aburrida rutina. Nos quejamos porque sí, porque siempre pensamos que ohhh, podríamos estar mucho mejor fuera del trabajo haciendo cualquier otra cosa que se nos antoje más placentera. Porque sí, siempre idealizamos que estaríamos mejor en cualquier otra parte distinta a la que nos ocupa en forma de «rutina».
Pero, cuándo ésta se rompe de golpe y te arroja a otra tan diferente en el que tú día a día nada tiene que ver con levantarte, arreglarte, salir al mundo y comértelo, (sí, comértelo), la perspectiva te cambia radicalmente.


Antes ya valoraba pequeñas cosas que me parecían inmensas.
Y creo que a partir de ahora, mi conciencia del aquí y el ahora, toma otra dimensión. Disfrutar y agradecer cada día,será mi mantra.
De cada momento, de cada situación, porque aprendí de mi vulnerabilidad y de mi fragilidad ante todo. Aprendí que tal vez se pueda salir más fuerte pero nunca igual.


No soy la misma que antes de la caída.
Pero si soy la que se levantó y siguió adelante.